CARTAS PELIGROSAS DE AMOR

Amor… Al abrir la puerta y verlo, además de un gesto de sorpresa que no pudo evitar

 

Sintió que el piso se volvía una masa suave y que sus piernas se hundían hasta las rodillas. A primera vista advirtió que era tan buen mozo como en las fotos que durante un año le envió con las cartas desde la cárcel. Pero más alto y más fuerte de lo que suponga.

¡Marck!… -fue lo único que atinó a susurrar.

 

-El mundo es una aldea y… muy fácil de recorrer de un extremo a otro, por cierto -te dijo con una sonrisa que se fue borrando para darle espacio a un gesto adusto. Como estaba atrapada, lo único que se le ocurrió fue echarse a un lado para darle paso.

 

-Es muy lindo el colegio donde estudia tu hijo -agre­gó con ligero sarcasmo, mientras caminaba hacía la sala. Sandra sintió una sensación molesta, supo que antes de aparecerse en su puerta la estuvo siguiendo.

 

A Sandra, accidentalmente, le llegó a sus manos uno de esos folletos de corazones y amigos que sin un origen claro circulan en todas partes. Allí encontró la foto de Marck, su dirección y le pareció tan buen mozo que después de pensarlo un momento, arrancó la hoja para escribirle. Nunca imaginó que sería el comienzo de una historia casi sin retorno.

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*              Aunque esta historia no pertenece a las memorias de Vogulys, ya que fue narrada por el empleado de otra agencia matrimonial, la incluyo como Cierre de este libro, por hacer parte, con algunas de las anteriores, de la crónica que con el título de APERTURA AMOROSA publiqué en el periódico EL ESPECTADOR, el 12 de febrero de 1993.

 

En ese momento tenía veintiocho años. Y aunque estaba separada desde hacía dos, más por culpa de su hijo Julián que por otra razón, tenía buena relación con Carlos, su exmarido, quien la abandonó por una abogada de la empresa que gerenciaba.

Cartas de vogulys

Una vez se convenció de que su hogar estaba perdido, se hizo el propósito de rehacer su vida al lado de un hombre que aceptara a su hijo. Salió con varios, pero ninguno se interesó por algo distinto que llevarla a la cama. No entendía por qué los hombres pensaban que las mujeres separadas eran la mejor presa. Por eso y confiando en la mentalidad de los descendientes anglosajones, tan pronto como vio la foto de Marck, decidió jugar un poco con el destino y escribirle, advirtiéndose antes que la dirección registrada podía ser falsa o de una vivienda anterior.

 

Para su sorpresa, un mes después recibió respuesta. Era una carta en inglés, de casi quince cuartillas. Demoró mucho leyéndola porque tenía modismos que no conocía y debió ayudarse del diccionario. Con la traducción total se regocijó leyendo un texto florido, lleno de giros, metáforas y frases elogiosas y precisas. Sin duda, escrita por alguien que tenía mucho tiempo para hacerlo.

 

«Soy un solitario. Una especie de chacal del Oeste, que en las noches, bajo el pálido disco de la luna, olfatea el aire en busca de la compañera precisa para la danza oculta del amor. Si la noche termina y la luna deja de buscarnos, no importa, cada vez que queramos, tendremos un nuevo día y un nuevo amanecer»

 

En otro aparte, de la última página, con algo de advertencia agregaba: «… no va a ser fácil vernos pronto. Mis múltiples ocupaciones y compromisos con la empresa petrolera con que trabajo en un lugar muy apartado, me lo impiden. Por ahora te pido que me sigas escribiendo a esta dirección, de donde fácilmente me harán llegar tu correspondencia. Dándole gracias a Dios por permitir que existas, tuyo Marck».

 

En un comienzo no estuvo convencida de responder inmediatamente. No estaba segura de querer seguir con algo que por un momento llegó a parecerle una locura y dándose un poco de paciencia la guardó. No bien pasaron unas pocas semanas cuando recibió la segunda carta en el mismo sobre, en el mismo papel y con el mismo sello. Más corta y más apremiante.

 

«Con profunda tristeza, recibí la noticia de que no hay respuesta tuya. En medio de mi ansiedad, he llegado a pensar que todo es un sueño. Afortunadamente, tengo conmigo, y casi siempre entre mis manos, el papel de tu primera carta. No te conozco, pero te siento: tierna, comprensiva, necesitada de protección, con muchas cosas para dar y recibir. Pero por sobre todo, sola y falta de amor como yo (…). En esta foto que te envío, estoy con quien fuera mi mejor amigo. Lucimos armados y con traje de montaña, porque muchas veces y mientras él vivió, salimos de cacería y pesca… Espero que SI resuelves escribirme, me envíes tu foto para sentirte más cerca y saberme más acompañado por ti».

 

Esa misma noche se sentó y escribió la primera de muchas cartas. Trató de ser espontánea y amable como él. Anexa, le envió una foto del tamaño de una hoja de cuaderno. Se la hizo tomar después de ir al salón de belleza. Vestía un elegante traje verde con ribetes fucsia y aparecía sentada en una silla. A partir de entonces, las cartas y las fotos iban y venían con frecuencia. Le habló de su hijo y de la necesidad de que quien se uniera a su vida lo aceptara,. de su exmarido y de Martha su mamá, propietaria de una empresa de porcelanas.

 

De él supo que tenía dos hermanas que vivían con su madre en Nueva York, y que su padre había muerto alcoholizado. «Te tengo tanta confianza y siento que te amo tanto, que me atrevo a revelarte este secreto que me agobia y produce vergüenza».

 

Después de casi un año de correspondencia, Sandra empezó a pedirle que trataran de verse. «Si no es posible, al menos te deseo, ¡no!… te exijo que me hables por teléfono. Ya tienes mi número, mi dirección y todo. Estoy pensando en no volverte a responder mientras no hagas esto último. Lo merezco».

 

La carta de respuesta que le envió, más que frases cariñosas y pasionales, contenía términos de suplica: «… te pido paciencia. Solamente un año más y estaremos juntos con tu hijo que según las fotos cada día esta más grande. Para cuando salga de este maldito lugar, no añoro otra cosa que tenerlos conmigo. El destino sigue empeñado en separarnos, pero nuestra voluntad terminará por unirnos de manera total. Mi mayor anhelo es brindarles lo que ustedes dos merecen (…) Escríbeme y dime que me esperas, ese es el mejor alimento para la distancia».

 

Una vez le mostró a Deysi, su amiga, esta última carta, por una extraña sensación, mezclada del deseo y la inquietud, le pidió que la acompañara a la embajada americana.

 

-Averiguaremos más exactamente dónde queda el lugar a donde le envío las cartas. Llegando allí le daré una sorpresa. ¡Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña!

 

-Este sello y esta dirección un poco en clave -le dijo el funcionario-, pertenecen a una prisión de Nueva York.

 

Estuvo a punto de desmayarse. Deysi debió sostenerla. Después tuvo la firme convicción de no volverle a escribir más. No le hizo ningún comentario a Martha y enterró el asunto para siempre.

 

-Te mentí… Cuando llegó tu primera carta, tuve un nuevo aliciente en la vida. Mi esposa me había dejado… lo había perdido todo y temí que de saber la verdad no volvieras a escribirme y… ¡mira qué razón tuve!.., caí preso por impuestos… quería decírtelo personalmente y mientras buscaba la forma de hacerlo sentía temor por ese día.

 

Poco a poco, su amabilidad y el atractivo físico que la obnubilaban fueron mermando las defensas que construyó después de la embajada. La verdad, reconoció luego, sólo le bastaron un par de días para empezar a sentirse cómoda con aquel hombre que a través de tantos metros de tinta fue capaz de generarle otra esperanza.

 

Luego de un par de horas de estar en la sala del apartamento, en el automóvil que él había alquilado, sin que debiera indicarle el camino, porque lo conocía de memoria, salieron a recoger a su hijo.

 

Mientras conducía, entre su gran mano tomo la de ella. La sensación que sintió fue extraña. No podía creer que un hombre tan grande y fuerte pudiera tener la suavidad de la seda. Por si faltaba algo, desde el primer momento, descubrió que a pesar de la barrera del idioma entre su hijo y Marck se creó una gran afinidad y se sintió reconfortada. Estuvieron el resto del día juntos y terminó regresando muy tarde con Julián dormido en sus brazos. Entró sin hacer ruido. La casa era grande. La habitación de su madre tenía la luz apagada. Por eso sólo hasta el día siguiente, a la hora del desayuno, antes de que ella saliera a trabajar con su grupo de damas voluntarias como la hacía todos los miércoles y jueves, le habló de la llegada de Marck.

Cartas de amor vogulys

Esa mañana Sandra deseó que la llamara. Como no lo hizo, tuvo la intención de marcarle al hotel donde se hospedaba, pero prefirió esperar. Mientras recorrió las diez cuadras que la separaban del jardín de su hijo, cosa que hacía a pie cada día, pensó mucho. No se estaba adelantando a los acontecimientos, sencillamente necesitaba soñar un poco. En el colegio Julián no estaba.

 

-Durante el descanso, tan pronto vio el carro del señor que vino ayer contigo salió corriendo y se subió en él -le informó la profesora-. ¡Pensé que estabas ahí!

 

No dijo nada, con una angustia que pudo disimular, pidió el teléfono y llamó. El aparato de la habitación repicó Ir varias veces y no hubo respuesta. Su angustia se acentuó. Controlándose, volvió a marcar y habló con la recep­cionista que esta vez la comunicó con el comedor.

 

-¿Dónde está mi hijo?-, le preguntó sin saludarlo.

 

-Bueno, almorzando aquí conmigo. Ahora somos los mejores amigos, ¿sabes? ¿Por qué no te nos unes?

 

Colgó, se despidió, salió a la calle y detuvo el primer taxi que paso.

 

La segunda sorpresa del día la tuvo cuando Marck le abrió la puerta. Julián, tirado sobre el tapete, jugaba con un enorme tren eléctrico. Sus rieles unidos copaban casi toda la habitación y en algunas partes se elevaban y volvían a caer. Tenía túneles y estaciones. Sobre la cama había otros paquetes envueltos en papel regalo.

 

-Para ti también tengo algo -le dijo- y le alcanzó uno muy pequeño. Lo destapó y encontró un precioso reloj de oro, y esto es para tu mamá, repicó sin darle tiempo a reaccionar.

 

Esa noche para que Martha lo conociera, comieron en la casa. Julián corrió todo el rato alrededor de ellos, con un carro chocón de pilas y un robot lanzafuegos y destructor. A partir de ahí, la ciudad y los alrededores les quedaron pequeños, prácticamente la pusieron patas arriba para ellos cuatro, incluida Martha cuando se les unía. El problema se presentaba a la hora de desprenderse de Julián para tomarse la noche solos. Se había apegado tanto a Marck que armaba una pataleta.

 

Con su papá se negó a pasar los dos siguientes fines de semana. Prefería a su nuevo amigo. Una vez se libraban del «chinchecito», como empezó a llamarlo Sandra, tomados de la mano entraban y salían de todas partes. Las últimas veces casi siempre terminaban en el hotel haciendo el amor.

 

En la cama, Marck desarrollaba actitudes e instintos que ella desconocía y la arrollaban. Pero no dijo nada. Al final era la mujer más inundada y satisfecha del planeta.

 

Mientras tanto, ante una vieja casa de un suburbio de New York, el detective Ranger, el hombre más pa­ciente de la Tierra, según sus compañeros, después de varias horas de estar vigilando, bajó de su automóvil y se dirigió a la casa. Para no ser visto, entró por una ventana de la parte trasera, sacó su pequeña linterna para alumbrarse en la oscuridad y después de hallar el interruptor de una vieja lámpara, se dispuso a buscar por todas partes.

 

-No pienso irme sin llevarte -le dijo una vez se tiraron a los lados de la cama y recuperaron el aliento-. Sandra quiso decir algo pero él se adelantó: -¡Juliancito también vendrá con nosotros! Sólo será unas semanas para que mi familia te conozca. Volvió a acariciarla. No se pudo negar. Con una extraña fuerza imponía su criterio. Tres días más tarde abordaron el avión.

 

El apartamento a donde llegaron en New York, estaba ubicado en un suburbio que no llegaba ni siquiera a la altura de un regular vivir. Su aspecto decepcionó a Sandra. Era grande pero poco confortable. Tenía dos habitaciones, una sala y cocina. Los muebles estaban marcados por líneas de polvo y sus forros desgastados por el uso. Las cortinas mostraban un gris tenue, fruto más del descuido y la mugre que del color. Había desorden y cosas tiradas por todas partes.

 

-Sin duda falta una mano de mujer en todo esto-le dijo Marck abrazándola-. Sólo es cosa de arreglar un poco, hacer pintar y tirar lo que no sirva.

 

A pesar del cansancio del viaje, luego de comer la pizza que pidieron, mientras Julián dormía en una de las habitaciones, le pusieron manos a la obra. Para la madrugada cuando terminaron se notaba el cambio.

 

-Una limpieza más, un poco de pintura y todo estará casi listo -le dijo Sandra antes de irse a la cama.

 

Durante los primeros días Sandra y su hijo prácti­camente no salieron del apartamento. Marck se ausentaba a primera hora de la tarde y regresaba bien entrada la madrugada con los víveres necesarios para el día siguiente. Las primeras veces lo hizo con muy poca droga consumida y por eso Sandra no lo advirtió. La mañana la pasaba jugando con Julián y fortaleciendo, por todos los medios, la relación entre los dos. Casi eran inseparables. Con extrañeza, la primera semana Sandra vio que la familia de él no aparecía por ninguna parte. Cuando se lo dijo, le advirtió que mientras estuvo en Colombia salieron de viaje, pero que a la semana siguiente regresarían.

 

Habló con Martha y le manifestó que estaba bien. Finalmente, después de casi diez días de insistencia, conoció a la familia.

 

Las hermanas eran de apariencia simple. Como todas las gringas, de piel blanca y ojos claros. Marianne, la mamá, rolliza y alta. Como sus hijos de ojos claros y cejas pobladas. No le fue difícil observar en ellas cierta prevención. Las muchachas que rodeaban los veinticinco años de edad, se limitaron a saludar, cruzar unas pocas palabras y salir discretamente. La mujer, sin dejar su actitud prevenida y observando todo el tiempo que su hijo estaba con el niño, se limitó escasamente a dirigirle la palabra a Sandra. Cuando quedaron solas, porque él salió un instante, bajando la voz como para que no la oyera, le advirtió que ya tendrían tiempo de hablar más detenidamente.

 

A Ranger en la oficina del fiscal, le advirtieron que la ropa interior que había llevado, tenía la taita del cuerpo que encontraron. Se sintió mejor que nunca, sin duda tenía la pista precisa. Sólo necesitaba saber quién habitó antes la casa y estaría sobre el asesino.

 

Sobre el medio día Marck los dejó en el apartamento que gracias a los esfuerzos de Sandra tenía mejor aspecto, y se fue. Esa noche regresó además de drogado, borracho. Desde la puerta empezó a desvestirse, se metió en la cama, le desgarró la pijama y la penetró con violencia. Si bien era cierto que estaba habituada a ciertas actitudes extrañas mientras hacían el amor, esta vez había roto los límites y sintió un profundo dolor. Trató de zafarse, pero la golpeó muy fuerte y dejándola sin sentido terminó de poseerla, luego se tiró a un lado y siguió durmiendo mientras ella con la cara magullada y los ojos borrados de llanto permaneció despierta.

A la mañana siguiente todo volvió a la normalidad. A pesar de que la miraba lascivamente mientras iba en silencio de un lado para otro atendiendo las cosas, no se dio por enterado del morado que le dejó en la cara. Cansado de verla, dedicó todo su tiempo a Julián y sobre el medio día lo llevó con él. Durante toda la tarde Sandra los espero, yendo de un lado para otro. Sólo hasta la media noche aparecido Marck además de drogado, borracho.

 

-Está perfectamente -le dijo cuando le preguntó por el niño y como la noche anterior, la desnudo con violencia, la amarró de los pies y las manos y le hizo el amor una y otra vez. En sus entrañas y sobre toda su piel sentía que al saberla indefensa la gozaba más. Así la tuvo casi hasta el amanecer. Para cuando terminó, Sandra sintió que todo el cuerpo le dolía y le suplicó que la soltara para poder descansar. Lo hizo, y ella, un rato después, al advertir que dormía profundamente se fue al otro cuarto y con gran esfuerzo concilió algo de sueño.

 

Despertó, porque un sol amarillo y profundo se colaba por los espacios de las cortinas y le daba de lleno en la cara. Con dificultad caminó por el apartamento y notó que estaba sola. Su desespero se colmó. Miró a todas partes pero no tenía a quién llamar. Bajo la ducha trató de calmar los dolores pero el sedante del agua no fue suficiente. Cuando salió, se encontró con el teléfono que repicaba. Al otro lado de la línea estaba Marianne.

 

-Sé cómo se debe sentir por su hijo pero no se preocupe, él está aquí y se encuentra bien. Ya se lo paso.

 

-No pudo contener las lágrimas.

 

-Mamita, ¡Marck me quiere mucho! Me ha dicho que por cada día que esté aquí me dará un juguete nuevo. Me compró ropa y me ha llevado a comer muchas hamburguesas.

 

No pudieron hablar más porque la mujer volvió a tomar el auricular: -tiene usted dinero?

-Sí, un poco.

 

-~.Suficiente, para un taxi?

 

-¡Sí! claro, suficiente!

 

-Salga como pueda de ahí. A las dos nos vemos en la sala de espera del aeropuerto. Llevaré el niño.

 

Solamente se vistió con un jean, una camiseta blanca y un saco de lana y abandonó el apartamento a toda prisa. Mariane había llegado puntual e inmediatamente compraron un pasaje y se sentaron a esperar.

 

«No sé cómo hizo usted para involucrarse con Marck. Es lo que menos me importa en este momento. Pero la única forma de que se salve del infierno en que ha caído es regresando a su país… No hace mucho estuvo en la cárcel… a su anterior compañera, la atropellaba de todas las formas inimaginables. Cuando ella se resistió, le dio un ataque de ira y la golpeó de tal forma que la dejó inválida y por eso estuvo preso. Es un hombre enfermo, cuando se droga no es dueño de sus actos… La policía cree que mató a otra mujer que anteriormente vivió con él y que igual ocurrió con su mejor amigo, cuando estando en el monte lo invitó a jugar ladrones y policías después

 

de consumir la dosis que llevaban… Si no huye, seguramente correrá la misma suerte. Otras lo harán mientras no lo atrapen. No tiene nada a qué volver a esa casa. Al llegar a su país escóndase porque después de ver que huyó va a tener tal furia que seguramente irá a buscarla.

 

-Como vio que Sandra la miraba profundamente y con gesto de interrogación, agregó:- No se preocupe, a mis hijas y a mí no nos tocará, así sepa que yo le ayudé a huir. Si acaso romperá algunas cosas pero no pasará a mayores.

 

Cuando se anunció la salida del avión, Marianne con fuerza le apretó las manos, le dio un beso al niño y se perdió entre la gente.

 

De regreso a Colombia, Sandra y su madre, se fueron a vivir a otro lugar del país. De Marck no se volvió a saber nada jamás. Ni siquiera si vino a buscarla.

 

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