Una historia de Amor -(BIENVENIDA A LA NIEVE) Segunda parte

Rosita llegó al aeropuerto de Estocolmo y se llevó la sorpresa de su vida: Neel, el hombre que en  pocas horas se convertiría en su esposo. la esperaba en mitad del bullicio sosteniendo un gran ramo de rosas y tomado del brazo por Violeta, la mujer de quien supuestamente se había divorciado. Eso al menos le decía en las cartas que permanentemente le enviaba a la oficina del Ministerio de Salud donde ella trabajaba.

Desde donde esperaba que sellaran su pasaporte le resultó fácil  reconocerlos. Los dos eran de tipo evidentemente anglosajón: NeeI, alto, acuerpado y bien puesto. Violeta -de quien por curiosidad meses antes,  pidió una foto para conocerla- de cabello rubio, ojos claros, rostro delicado piel blanca y bonita figura. Nunca supo cómo este nombre legó a una sueca y no se atrevió preguntar por temor a pisar terrenos que no le correspondían.

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Una vez le devolvieron el documento y cruzó la puerta de inmigración

la mujer, advirtiendo Su cara de sorpresa, con una sonrisa y un <<well come>>, se apresuro a tomarla del brazo. El gesto, más que una bienvenida le pareció a Rosita una acción premeditada para impedirle escapar.

Cosa que tampoco hubiera intentado, porque desde el momento en que el avión aterrizó y  vio el extraño paisaje de la nieve se sintió atrapada en un mundo desconocido, donde su única posibilidad era aquel hombre que a través de cartas y fotografías, se había convenido en su sueño de amor.

Un año antes había llegado a mi oficina con la misma expectativa de las demás pero con una sinceridad y un apresuramiento que me sorprendió.

-Decidí recurrir a ustedes -me dijo sin siquiera haber terminado de acomodarse en la silla que le ofrecí-, porque me siento una persona inmadura ya a pesar de haber tenido varios novios nunca he sido feliz.

Desde que la vi, pensé en el tipo de mujer que buscaba Neel, un sueco divorciado padre de una niña de cuatro años que quería encontrar una esposa colombiana. Rosita, con sus treinta y cinco años y su 1.65 metros de estatura y su pelo castaño y sedoso a mitad de la espalda, era a candidata ideal.

Nieve vogulys mujer

Aceptaron escribirse, y después de seis meses de correspondencia y Fotografías, el le propuso matrimonio y le envió los papeles y el pasaje. Rosita habló con sus padres, renunció a su puesto en el Ministerio, tomó cursos intensivos para mejorar su inglés y preparó su Viaje.

Cuando faltaban pocos días para abordar el avión

Recibió un telegrama en el que Neel le suplicaba que no viajara. Semanas después una carta donde le explicaba que su esposa Violeta le había pedido que intentarán salvar su matrimonio, porque su hijita lo extrañaba demasiado. Decepcionada desapareció sin llegar a saber que, semanas más tarde, las cartas de Neel volverían a llegar con regularidad a la oficina donde trabajaba y al apartamento donde vivió.

Cuatro o cinco meses después, cuando me había olvidado de ellos, cambiado mucho  y seguía enviando postales a Colombia sin respuesta alguna. Que yo debía buscar a Rosita e insistir para que volviera  con
éL. Pues ella, Violeta, había comprendido finalmente que donde hay amor no hay espacio para los caprichos.

No fue fácil encontrarla. Luego de una búsqueda intensa, a través de unas amigas suyas, la ubiqué viviendo con sus padres en tina finca del Tolima. Cuando llegué a verla por poco no la reconozco. Estaba muy cambiada: se había cortado el cabello y lucía delgada y pálida.

-Las equivocaciones se pueden enmendar -le dije ante la insistencia de no seguir en lo que ella llamaba un juego-

¡Creamos en Neel!

En la carta de Violeta! y viaja. A regañadientes accedió, pero antes tuvo que someterse a tratamiento para recuperar la figura y el optimismo. Mientras lo hizo, se dedicó a contestar las cartas de Neel sin adjuntarles nuevas fotografías porque su figura no se prestaba para eso.

Tres meses después abordó el avión y en el aeropuerto de Estocolmo la recibieron ellos dos. Lo que pasó luego, me lo contó por escrito.

«Como era fin de semana no utilizaron el metro y vinieron al aeropuerto a recogerme en el automóvil de Violeta. Todo el trayecto hasta el otro extremo de la ciudad donde Neel tenía su apartamento lo hice en el asiento delantero, al lado de ella. Yo estaba muy asustada y la ciudad, más que gris y opaca, me pareció misteriosa, con un extraño olor a miedo. Creo que Violeta o advirtió y quitando su mano del volante tomó una de las mías.

-Van a ser muy felices- me dijo.

Cuando llegamos a una caIle y a un edificio más blanco que todos Los demás, por culpa de la nieve, Neel abrió La portezuela, bajó mis maletas, me dio la mano y entro conmigo en el edificio. Violeta puso nuevamente su autornóvil en marcha y desapareció.

Solamente la veo cada vez que viene a recoger a su hija que pasa los fines de semana con nosotros, siempre y cuando NeeI, que es un pintor reconocido, no tenga ninguna exposición. No Somos amigas, porque hablo muy poco con ella. Sólo puedo decir que es una mujer extraordinaria, que siente por nuestro hijo un cariño especial pues casi siempre le trae algún presente>>.

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Una historia de Amor – Primera parte- MI PROPIA HISTORIA

Sobre mi historia pues.. “Beatriz, ¡querida!: las mas bellas flores de los bosques de Suecia llegaron a mis manos y formaron un lindo bouquet el día de nuestra boda. El sol brilló espléndido y los pájaros cantaron más felices.

La ceremonia fue sobria y elegante en la casa de justicia de Estocolmo. Hubo arroz, más flores, familiares y muchos amigos. Mi dicha y la de Nilserik resplandece cada día. Después te contare mas cosas. Con amor: Luciana”.

Es una de las personas que mas me ha escrito en los últimos años. La anterior fue la primera carta que recibí después de su boda con un sicólogo e intelectual sueco con quien la relacione. Por casualidad la encontré nuevamente y me reconfortas.

La escribió una mujer que hoy es muy importante en Estocolmo. Al leerla y revisar la historia del que ha sido mi trabajo en los últimos treinta años, concluyo que el primer matrimonio que se celebro a través de la agencia fue el mío con Jonás Vogulys un lituano que seis años atrás, huyendo de stalin, llego a Colombia en busca de futuro.

En ese momento, no tenia ni la mas elemental sospecha de que gracias a este matrimonio, mi oficio terminaría siendo el de armar parejas, ni siquiera sabia que en Europa y Estados Unidos existían empresas dedicadas a estas lides.

Jonás llegó en 1953, cuando Bogotá mas que una ciudad era un pueblo grande, de quinches en los tejado, de cúpulas con buitrones que fumaban todo el día y campanarios que cada hora la despertaban del letargo en cada día.

Las avenidas principales y mas concurridas no era la Décima ni la Caracas –que una vez construidas parecían quedarle grande a la ciudad-, sino la Séptima , la Jiménez y las calles angostas y empedradas de la Candelaria que, amenazando derretirse bajo el sol del medio día, hasta los cerros.

fundadores de vogulys

La ciudad hacia el norte,

A duras penas y añadiéndole de manera imaginaria urbanizaciones y calle en los potreros intermedios, llegaba a la avenida setenta y dos. De ahí para allá, solamente existían quintas en donde se refugiaban apellidos en busca de abolengo, o extranjeros –sobre todo europeos-, que con el exiguo capital recatado de la guerra, retozaban su destierro en mitad del frío y del paisaje.

Sus mujeres eran rubias y blancas, y para mantener la diferencia con las criollas, no usaban tacón puntilla, ni falda entubada y mucho menos la cocacola a media pierna.

Ellos, los extranjeros, no solo para protegerse del frío sino para estar a tono con los cachacos con quienes debían hacer negocios –a pesar del calor del mar que traían metido en el cuerpo-, vestían traje oscuro y grueso, sombrero borsalino, abrigo, paraguas y bastón al brazo.

Una vez en la sabana, el grupo de Lituanos, echando mano del recurso de buenos agrónomos y de un español chapaleado –que aprendieron  mientras duro el trayecto del barco-,  empezaron a trabajar en fincas cercanas a los pueblo que rodeaban la ciudad. De todos,  el mas afortunado fue Jonás que en menos de un año adquirió un terreno de pocas fanegadas en Cajicá.

Para 1957 cuando lo vi por primera vez

yo acababa de llegar de España donde estudié bibliotecología,  después de abandonar  la carrera de bacteriología en la Nacional. A la escuela de Archiveros y Arqueólogos de Madrid ingrese por una beca que gané. Allí tuve oportunidad de viajar a África y conocer sus principales bibliotecas incluida la de Marruecos que resultaba impresionante por su tamaño.

Desde un año antes de mi viaje, mis padres buscando huir de la depresión  que dejo el 9 de abril, abandonaron Bogotá y se radicaron en Zipaquirá, así que para cumplir con mi trabajo de bibliotecaria en la Academia Colombiana de Historia, debía hacer todos los días el trayecto entre las dos ciudades.

Después de la calle setenta y dos y de las quintas, el progreso estaba estancado y, al salir de la ciudad, el viajero se topaba de frente con el limpio cristal de la sabana salpicado de casitas campesinas con fumarola.

Verde hasta los bordes, con olor a pasto, leche y sauces. Era un paisaje estático que para entonces mostraba en la falda de los cerros los primeros ranchos de paroi y triples construidos por los campesinos que emigraban de la violencia.

En medio de esta monotonía y el recuerdo de un novio que se quedo en Europa, conocí a Jonas.

Un miércoles por la tarde abordo el bus, tomo el asiento junto a mi y empezó a hablarme en un español enredado. Como le entendía muy poco, le pedí que lo hiciéramos en inglés.

Al despedirnos, intercambiamos direcciones o mas bien señales de los sitios donde vivíamos, y al domingo siguiente, de una forma que se me antojo inoportuna, se apareció en mi casa a la hora del almuerzo con un hermoso ramo de gladiolos.

-Los cultivo yo mismo y los escogí especialmente para usted- me dijo en un español perfecto, por lo que concluí que estuvo practicando el saludo.

Después del el conocí a los demás Lituanos y con asombro  encontré que el común denominador era la soledad y el deseo por casarse; pero la diferencia de cultura e idioma les impedía intimar con las mujeres.

A los mas amigos les presente algunas muchachas que conocía, y aparte de uno o dos intentos de noviazgo, el nuestro fue el único que se formalizó  y nos casamos el cuatro de julio de 1959 . Hoy tenemos dos hijos: Jonás y Kazys. Jonás es quien mas se a vinculado a la agencia y sospecho que una vez me retire, será quien continué con el trabajo de armar bodas.

Beatriz y Jonas Vogulys

Al regreso de la luna de miel

Nos instalamos en la finca que el había comprado, y para no dar nuestro brazo a torcer en nuestros propósitos de conseguirles esposas a sus compatriotas, cada fin de semana invitábamos parejas y lográbamos algunos éxitos.

Hasta 1966 ocupando mi cargo de bibliotecóloga  en la Academia y , aunque lo había consultado con mis jefes y la idea les pareció sensacional, el proyecto de la Agencia Matrimonial no se vislumbraba por ninguna parte,

Hasta que un día

hablándome de su país y sus costumbres Jonás me contó que en Lituania había casamenteros que durante cierta época del año, iban de casa en casa preguntando por los jóvenes en  edad de contraer matrimonio, para pedirle la dote a la novia y arregla la boda.

Para entonces ya había leído en algunas revistas el éxito que en Europa y Estados Unidos tenían las agencias matrimoniales y me asalto el deseo de montar una, pero pensé que en un país como el nuestro, con las construmbres conservadoras de 1964, no tenia resultado.

La idea durmió una semana mas, hasta cuando Caliban, columnista del EL TIEMPO  y propietario de una finca cerca de la nuestra, nos visito y le expusimos el proyecto.

En medio del entusiasmo y de las bromas que hizo, nos pidió que el lunes siguiente pasáramos por el periódico y habláramos con su hijo Enrique, quien bajo el titulo: Primera agencia de matrimonios ha sido instalada en Bogotá, publico la noticia.

Ante este compromiso adquirido,

Y digo compromiso, por que las cartas pidiendo información empezaron a llegar una tras otra al escritorio de la columnista Tony Globel, no tuvimos mas alternativa que arrendar una oficina en la Avenida Jiménez numero siete veinticinco. Nuestro Primer numero telefónico fue el 348151 y nuestro apartado aéreo el 14074.

En estos treinta años de trabajo, no tengo la cifra exacta, pero son algo así como cinco mil matrimonios que he fomentado, sobre todo de mujeres nacionales con caballeros extranjeros, por que como cosa curiosa, el porcentaje inverso es absolutamente inferior debido a que los colombianos no son muy apetecidos por las mujeres de otro país.

Los lugares preciosos a donde han ido las felices señoras tampoco los tengo registrados en su totalidad. Hay nombre que no ubico y rostros que no recuerdo. Como es de esperarse, los fracasos y las anécdotas son innumerables. A muchas personas por una u otra razón no las he podido ayudar y han continuado viviendo bajo el fantasma del desamor: De todas maneras, en medio de olvidos y recuerdos, lo único cierto es que para navidad mi buzón se llena de cartas y tarjetas.

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A Luciana

la conocí por recomendación de una parienta suya. Llego a mi oficina cuando tenia veinticinco años. Es de origen guajiro y quería conocer a un señor que específicamente viviera en el norte de Europa. Sin saber por que, adoraba ese ambiente y su mayor deseo era radicarse allí.

Lo que mas me sorprendió fue su inteligencia. Hablaba bien el ingles y el francés. Además era sicóloga y amante de la literatura. En estas condiciones relacionarlo con un escandinavo no era difícil y entro en correspondencia con Nilserik.

Cuando recibió los pasajes para viajar, sus amigas y yo le hicimos un fiesta de despedida en la que lucio un autentico traje guajiro con todos sus aditamentos.

A partir de la carta que escribió al comienzo, son muchas las que de su puño y letra he recibido, sin falta, tres o cuatro veces al año. Hoy en día, en virtud de los que logro al lado del que llama su <<vikingo maravilloso>>, es no solo asistente del servicio municipal para ancianos en la ciudad de los Nóbel, sino una reconocida intelectual. Lo ultimo que recibí, autografiado, fue: Camino de Mariposas blancas, su primer libro de poemas. La mayoría de sus versos están dedicados a Colombia y la Guajira.

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EL HOMBRE DEL TRAILER

No le fue difícil descubrir que efectivamente estaba en el Puerto de Buenaventura. En un abrir y cerrar de ojos le robaron su cámara de fotografía. «Todo fue muy rápido -me dijo después, en un español que a duras penas parloteaba-. Me detuve cerca del muelle para ver desembarcar mi trailer y no sé en qué momento cortaron la correa y me la bajaron del cuello».

Para mi sorpresa, a cambio de ofuscarse, remató el comentario con una sonora carcajada: < ¡Colombianos tenían que ser! »

Karl era un hombre de unos cuarenta y ocho años, 1.78 de estatura, ojos claros y buen sentido del humor. Había nacido en Alemania, pero desde años atrás, estaba radicado en Australia donde tenía muchos acres y ganado.

Seguramente y hasta la noche en que conoció a la esposa de Helmut, no sabía con exactitud dónde quedaba Colombia en el mapa y, si alguna referencia tenía, no era otra que la de los titulares de prensa inspirados en droga y violencia. Sin embargo cuando Helmut lo invitó a comer en su casa de Sidney con el fin de presentarle a Gladis, la esposa que consiguió a través de mi agencia, se propuso conocer nuestro país, y de la misma manera, buscar una para él.

A Helmut la velada no le resultó como la esperaba. Quería demostrarle a su contrincante que, por fin, en materia de mujeres le había ganado una partida, pues varias veces y, ante la pérdida del trofeo, tuvo que reconocer que Karl era más experto y encantador en estas lides. Pero esa noche una vez más sintió que iba a perder, y «Me lo tengo bien merecido por jugar con mi propia esposa» pensó, mientras veía a Gladys celebrar los comentarios de su hermano. Finalmente sintió un gran alivio, cuando ante un halago de Karl, Gladys para superar la situación, prometió ayudarle a escribir la carta de solicitud que me enviaría a Bogotá.

-Si no encuentro una mejor que ella -señaló a Gladys-, vengo y te la quito le dijo al oído cuando se despidieron. Después de todo la conseguiste sin competir -A Helmut el comentario no le hizo ninguna gracia, sin embargo dejó que una tenue sonrisa se asomara a sus labios.

Al contrario de todos los demás, Karl no llegó a mi oficina en un taxi del aeropuerto cargado de maletas y pidiendo que le recomendara un hotel. Desde Buenaventura lo hizo por tierra manejando su gigantesco trailer y guiándose por un mapa. Estaba muy cansado y sin dormir, debido a que por lo grande del carro en ningún hotel lo hospedaron, y él, después de la pérdida de la cámara, a pesar de la cama, la cocineta y lo bien equipado que lo tenía, sintió miedo de parquear a borde de carretera y descansar.

Una vez en Bogotá, los del problema fuimos no­sotros porque tampoco encontró parqueadero y resolvió estacionar el trailer en la calle bajo la ventana de nuestra habitación y dormir en él, mientras mi esposo Jonás y yo, nos desvelábamos cuidando que no lo robaran. Conseguirle esposa tampoco resulto fácil. Además de exigirla con pelo y ojos negros, debía pertenecer al signo virgo para que fuera afín con su día de nacimiento.

Y por si faltara algún requisito, antes de casarse tenía que acompañarlo a un recorrido por lugares turísticos de Colombia y Ecuador. Para eso había traído el trailer.

Conoció a muchas chicas y a todas les gustaba Karl por su simpatía, pero ninguna estaba dispuesta a viajar con él. Cuando le explicamos que la mujer latina pensaba muy distinto a la europea, se compró un anillo de compromiso y volvió a empezar. Finalmente Elsa, una profesora de treinta y cinco años, inteligente y decidida, resolvió aceptar sus condiciones, siempre y cuando, antes de partir, él accediera a pasar año nuevo con sus padres en la finca de los Llanos. Nada resultó más agradable para Karl, porque allí encontró el mundo que había abandonado temporalmente en Australia.

Se casaron dos veces, una en Ecuador por lo civil y otra en Colombia por lo católico con toda la familia y los amigos de ella reunidos.

Regresar a Australia les resultó todavía más difícil. Nadie en Colombia quiso comprarles el trailer y viajaron a Panamá donde permanecieron casi un año vendiéndolo.

Hoy viven a cien kilómetros de Sidney y aunque no tienen hijos, son muy felices, pues cuando no viajan, se dedican al trabajo en su finca. En cada navidad, sin falta, recibo una postal de ellos.

Dear friend. The purpose of this agency since 1966 is to help single people, men and women to find true friendship , love and happiness through contacts we provide them . The person concerned should only read and answer questions candidly Free registration .  Note : Please note that your personal conditions must conform to the characteristics that the person is looking .

HANSEN VUELVE A CASA-La brújula

 

Hansen fue la persona que más veces se inscribió en la agencia. Tres o cuatro por lo menos. Lamentablemente en ninguno de los casos su relación progreso y, finalmente, a pesar de que no había llegado a la senectud, tomó una determinación que nunca dejó de sorprenderme. Varias veces hablé con él sobre el particular, y la explicación fue la misma.

Su historia se inicia en Europa, siendo muy joven, con la Primera Guerra Mundial y la invasión de Alemania a Polonia. Para entonces, era el hijo menor de una familia de judíos propietaria de una imprenta y una cadena de librerías en ese país. Irónicamente recordaba que su padre fue admirador y editor de los libros de Hermann Hesse, y a decir de muchos, el culpable de su popularidad entre los polacos.

De este autor, su libro preferido era

«El último Verano de Klingsor», porque hacía referencia a las historias de Hugo Ball, un pintor homosexual que a pesar de no ser muy conocido fue su favorito. Se lamentaba de no tener sino uno solo de sus cuadros. «Hubiera querido comprarlos todos, pero pertenecen a grandes colecciones. Este es producto de una subasta con suerte», me explicó alguna vez que con Jonás, mi hijo, visitamos su casa.

La noche de la llegada de los nazis a Varsovia, toda la familia estaba reunida en la casa. Al escuchar el ruido seco de las pisadas de cientos de zapatos sobre el asfalto, salieron a las ventanas y, lo que más le impactó fue la uniformidad y el ritmo sincronizado de los movimientos de los soldados.

Esa noche

A expensas de su inocencia, pues un niño no podía comprender la magnitud de la tragedia, tomó la determinación de ir al ejército, pero no para ser igual a los que marchaban en las filas, sino como al que con aire de importancia, sacaba pecho e iba adelante, muy cerca de la bandera, con el sable desenvainado.

Esa madrugada corrió la voz de que venían a apresar a los judíos. Durante dos días muchos pensaron que no eran más que murmuraciones callejeras, pero una vez rodearon el sector y empezaron a asaltar las casas, tuvieron que buscar refugio en distintos lugares.

buscando refugio

El se salvó, porque en medio de su angustia se le atravesó el caparazón del piano. Las piezas las habían llevado para arreglarlas y, gracias a Dios, los soldados que entraron destrozando las puertas, se limitaron a buscar en las masardas, bajo las camas y en escondites comunes. «Si alguno hubiese, por capricho o casualidad tocado las teclas, me habría descubierto».

A sus padres y sus dos hermanas se los llevaron en medio de gritos. Nunca los volvió a ver y ni siquiera intentó buscarlos. La capacidad de sus diez años solamente le alcanzaba para salvar su vida.

Cansado de esconderse en cuanto hueco tenían las calles de Varsovia, encontró que igual a como lo hacían muchos, lo mejor era abandonar Polonia e inició un largo camino, tomando la ruta de Leningrado rumbo a Finlandia, Suecia y Noruega, para saltar a Gran Bretaña, el único oponente de Hitler en ese momento.

El trayecto le tomó casi tres años y lo hizo en las más difíciles condiciones. A pie, oculto en trenes, luchando contra el hambre, el frío, la nieve y durmiendo en cualquier sitio que ofreciera buen refugio. Como consecuencia de tanto esfuerzo, a cambio de estar agotado, llegó a Stavanger siendo un muchacho de fortaleza y carácter.

«Lo curioso -me contaba en medio de las largas charlas que tuvimos-, fue que durante el viaje desarrollé gran sentido de protección por mis partes nobles. Para hacer mis necesidades fisiológicas, necesitaba saber que nadie estaba en varios metros a la redonda.

Temía que al orinar, cualquier fisgón cómplice de los nazis, se diera cuenta que estaba circuncidado».

Este miedo se convirtió en un trauma para toda la vida y en su casa de Bogotá mandó construir un baño de uso exclusivo para él, con una puerta hermética y segura.

Siempre tuvo bien sincronizada la brújula de la lógica y en Stavanger entendió que si quería llegar a Gran Bretaña, lo primero que debía hacer era merodear por el puerto para saber qué riesgos corría, pues había espías por todas partes y, luego vivir prácticamente en él.

Allí conoció a varios marinos de quien se hizo amigo, no sólo por su intrepidez sino por su capacidad de trabajo.

Uno de ellos era un cargador de barcos, grande y negro,      ¡ a quien sus amigos apodaban Hamlet porque a fuerza de

leer esta obra, aprendió francés e inglés. Se llamaba Christopher Conti, tenía cuarenta años y había nacido en Cartagena de Indias, de donde a bordo de los grandes cargueros, salió a recorrer el mundo.

Después que el mismo Hamlet lo ayudó a embarcarse en un buque de la Cruz Roja, llegó a Londres donde desempeñando todo tipo de oficios logró sobrevivir hasta cuando gracias a una misteriosa pero fidedigna lista, se enteró que sus padres y hermanas habían muerto en un campo de concentración.

Con la noticia, el cordón umbilical con aquel continente destruido se cortó por completo, y recordando a su amigo marino y sus historias, a riesgo de ser hundido por los submarinos nazis, que surcaban el Atlántico, se enroló en un barco como cocinero rumbo a América.

Su contrato era de ida y vuelta, pero en Cartagena se fugó con la paga que pidió por adelantado y se dedicó a vagar por las calles, sin idioma, sin mucho dinero y sufriendo los rigores del trópico.

Nunca entendió con exactitud porque, desde siempre, pensó que los trenes se parecían a los barcos. Intentó varias conclusiones al respecto, pero ninguna lo convenció.

Lo importante es que después del puerto, el sitio que más familiar le resultó fue la estación del ferrocarril y rápidamente, primero porque se burlaban de su carencia de idioma -y esto de alguna manera le daba un punto de contacto- y, luego por su habilidad, hizo amigos que le tomaron aprecio y le ayudaron a conseguir trabajo como maquinista auxiliar de un tren expreso que partió para Bogotá.

«Me enamoré de este país rápidamente. No entendía cómo no tenía nieve, y cómo llovía en un sitio y, unos kilómetros más adelante estaba haciendo un sol infernal. Tenía quince años y no había visto montañas con lomos tan oscuros y mucho menos un aire tan fresco y limpio.

Colombia montañas

Bogotá,

A donde llegué a finales de 1945, era una ciudad tranquila y por el frío y la forma como caía el sol sobre ella, se me antojó protegida por una burbuja gigante. Al abandonar el tren en la Estación de la Sabana, entendí que no volvería a salir y que por fin tenía un lugar para descansar».

La brújula de la supervivencia lo primero que le indicó fue buscar un europeo con quien el origen y la guerra lo identificara. «iEn alguna parte de este paisaje debía existir uno! Y relacionarme con él, sería un buen comienzo».

A Pier, un Suizo de piel roja y grandes manos pecosas, que a través de un radio escuchaba noticias sobre las primeras derrotas sufridas por Alemania, lo encontró en San Victorino, detrás del mostrador de un pequeño almacén de ropa.

-Mi familia murió en Varsovia -le interrumpió desde la puerta.

-ÉUsted quién es muchacho? -le preguntó Pier, por sobre el hombro de los dos clientes que tenía al frente.

-Me llamo Hansen, y acabo de llegar.

-Si es verdad lo que me dices, ¡qué maravilla que estés aquí muchacho!-, le replicó mientras venía hacía él.

Esa misma noche lo invitó a un bar -café, cuando estos eran los centros sociales de Bogotá- cercano, donde se reunían todos los inmigrantes, que no eran muchos, para comentar las noticias del día y sacar conclusiones sobre la guerra. Hansen, en sus condiciones de víctima y recién llegado, era el mejor testimonio para aquel grupo de contertulios faltos de información de primera mano.

Hasta la madrugada -como Jesucristo entre los sacerdotes y los escribas-, contó todas las peripecias de su vida y sus experiencias de carne y hueso sobre la guerra. Para cuando terminó era el ídolo y las ofertas de trabajo y las casas para hospedarse le sobraban.

De todas, aceptó la invitación de Salomón, un judío que desde años atrás, echó raíces con una fábrica de plástico, un área comercial que apenas empezaba a ser explotada en Colombia. Al saberlo de su raza y conociendo su historia, lo quiso como a un hijo, y además de casa le ofreció un puesto de supervisor en su pequeña fábrica.

Con el paso de los años, en la medida que el viejo judío se disminuía, Hansen fue asumiendo el control de la empresa, que crecía. Para cuando Salomón falleció, pensando en el futuro, ya explotaban otros negocios y, sin ser inmenso, tenían un capital sólido.

En su lecho de enfermo,

Su protector le pidió que se casara con Martha su única hija, huérfana de madre porque esta murió en el parto. La recomendación sobraba, desde años atrás los jóvenes se amaban en silencio.

Al matrimonio concurrió toda la colonia de europeos y por un día y una noche bailaron: polkas, zorbas, andaluzas y todos los aires folclóricos que corrían por sus sangres. Sin hijos, porque lamentablemente la caída de un caballo, al regreso de la luna de miel le impidió a Martha quedar embarazada, vivieron felices hasta 1981, cuando murió víctima de cáncer.

Durante los dos años siguientes, Hansen amortiguó la pena regresando a Europa y recorriendo Polonia e Israel de arriba abajo. «Fue como si al verlos reconstruidos de la guerra, quisiera respirar el aire nuevo que los recorría en todas sus regiones. En varias ocasiones pasé una y otra vez por el mismo sitio. De regreso, hice la ruta que de chico utilicé para huir, pero era muy distinta y no pude reconocer muchos de los lugares donde estuve.

Así le parezca increíble, en Stavanger tuve la firme esperanza de encontrar a Hamlet vivo. Lo imaginaba viejo pero fuerte. Más o menos de ochenta y cinco años. Y por poco lo logro.

Murió de neumonía dos semanas atrás; y como fue su deseo, sus compañeros lo arrojaron al mar, en una tarde de invierno pleno, cuando las olas golpeaban con fuerza el casco del barco mortuorio. Todos lo querían ¿sabe? De encontrarlo, lo hubiera traído conmigo para que muriera en su Cartagena del alma.»

Nuevamente en Bogotá, volvió a tomar las riendas de sus negocios, pero la casa y el silencio eran demasiado grandes y buscó la agencia para inscribirse. Quería una mujer no menor de cuarenta y cinco años, y le presenté a Edelmira: soltera, muy conservadora y educada en un colegio de religiosas.

A pesar de

Que se atrajeron, tenían una diferencia que les resultaba casi insalvable: ella era católica y él judío, pero frente a lo que significó esta nueva relación, Hansen prefirió sacrificar sus principios y convertirse a la religión de su novia. Para hacerlo, durante tres meses, tomó cursos intensivos con un sacerdote y luego se sometió a retiros espirituales. Convencido de su nueva fe, pocas semanas antes de casarse, se hizo bautizar.

De luna de miel volvió a Jerusalén, porque su esposa se lo pidió y nuevamente visitó los lugares sagrados. De regreso, se instalaron en su casa sobre los cerros de La Calera, y no pasó mucho tiempo para que las cosas empezaran a ir mal. El matrimonio sólo duró cuatro años y para no ceder a los desaforados requerimientos económicos de su mujer, que a estas alturas ya sabía exactamente lo que quería, tuvo que recurrir a los mejores abogados de la ciudad.

La experiencia lo afligió más de lo debido. Sin embargo, el consuelo llegó a las pocas semanas con la secretaria del notario a donde llevó a registrar los papeles de separación. A fuerza de verlo y hablar con él, se convirtió en su prometida y esta vez, sin matrimonio, ni vínculo alguno, vivieron dos años, al cabo de los cuales, lo abandonó después de sacarle el dinero que le fue posible.

hombre vogulys soledad

En el colmo de su soledad regresó a la agencia.

Lo mejor de todo era que siempre le presentaba a alguien que congeniaba con él y compartían un tiempo y nuevamente quedaba solo, decepcionado y con menos ganas de volver a empezar.

Por esta razón, una y otra vez estaba inscribiéndose. Seguramente, algunas mujeres le llegaron a tomar cariño, pues a pesar de sus sesenta y dos años lucía atractivo y bien puesto, pero la fuerza de los desengaños lo volvieron huraño, mal geniado. Nadie lo soportaba.

Cuando se vio completamente solo, sin alguien que entrara en él y le rompiera los silencios con que se había llenado, resolvió ingresar en un hogar geriátrico.

-Mire, ¡no quiero pensar en gastos!, ¡ni en la necesidad de compañía!, ¡tampoco en pagos de empleados!,

¡menos de impuestos!, ¡ni nada! Quien quiera yerme, que venga aquí las veces que sea. Sé que puedo vivir muy bien con lo que tengo, pero la soledad, señora, es como una mujer ciegamente enamorada y sin respuestas: entre más intenta alejarla, con mayor fuerza te abraza.

Varias veces le hablé buscando hacerlo desistir de su idea. Como no logré nada, lo dejé durante un tiempo, tal vez seis meses. Cuando me comuniqué nuevamente, la administradora me contó que antes de viajar a Polonia, entre varios ancianatos e instituciones de caridad repartió parte de su dinero. Según dijo cuando se despidió, quería buscar la casa de donde los nazis sacaron a sus padres y hermanas, para comprarla y encerrarse en ella a esperar la muerte.

 

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UNA MUJER PARA MI MARIDO

-Quiero que me ayude a encontrar una mujer digna de mi marido -me dijo Elvira, sin más preámbulos, una vez se apeó del auto.

Sorprendida por sus palabras, solamente atiné a fijar los ojos en el hombre de mediana estatura y cabello negro que luego de apagar el motor vino hacía nosotras. Era por lo menos veinte años menor que ella.

Buscando advertir una tomadura de pelo los mire una y otra vez, pero terminé por convencerme de que hablaba en serio.

El viernes anterior, cuando ya tenía demasiados compromisos, la mujer llamó para pedir una cita y le dije que la atendería el lunes temprano.

-¡ Estoy dispuesta a pagar dinero extra!

-No, no es eso -respondí y agregué una explicación que luego me pareció innecesaria-, ocurre que viajo a mi finca en Tabio este fin de semana.

-¡ Me parece mucho mejor! -me cortó-, así podremos hablar más tranquilamente, sin interrupciones de teléfono ni nada parecido. Por favor, solamente usted puede ayudarme. Su voz, firme y decidida me llevó a indicarle la manera de llegar. Y hasta cuando el pito del carro sonó en el patio de la casa el sábado en la mañana, volví a acordarme de ella.

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Estaban casados desde hacía veinte años y lo hicieron para callar las habladurías del barrio. El amor llegó después cuando aprendieron a convivir juntos.

«Prácticamente como los muebles, con financiación a veinticuatro meses y total garantía». Dijo Álvaro en broma.

Lo de la garantía iba más allá de un simple chiste, porque hasta ese momento, a pesar de la diferencia de edad, habían vivido manteniendo mutuo respeto y lealtad. No se encontraron por casualidad y nadie los presentó. Todo fue producto de una necesidad que cada día se hizo más latente.

Álvaro había nacido en un caserío de la zona de Sumapaz, y siendo muy niño, quedó huérfano por culpa de la guerra que desató el ejército de Rojas Pinilla contra la guerrilla de Juan de la Cruz Varela.

Durante algún tiempo, y mientras la violencia le dio pausas, vivió con su tío y su abuela materna, pero cuando este murió de un tiro en la espalda, la mujer buscando huir de la misma suerte, entregó sus tierras al mejor postor y con el muchacho y unos pocos corotos se vino para Bogotá donde hacinados en una pieza vivieron del dinero de la finca y luego de su trabajo como lavandera.

El, con total claridad, recordaba su primer día de clases en la escuela del barrio a donde llegó por iniciativa propia y contra la voluntad de la anciana; pues ella, por las preocupaciones que despiertan en una campesina las mañas de los habitantes de una ciudad con tanto ruido y gente, no se atrevía a matricularlo y, fue él, quien después de varios días de pararse en la pueda del claustro para ver entrar y salir a los alumnos, optó por conseguir un lápiz y un cuaderno e ir a ocupar un puesto en una de las filas.

Siguiendo la espalda de su compañero, se encontró de pie en mitad de un salón donde no había una silla para sentarse porque todas tenían dueño.

La maestra, a quien recuerda como una joven simpática, con un delgado pero visible mechón de pelo blanco en la frente, sin pedirle explicaciones, buscó donde sentarlo, y desde ese día, ante el interés del muchacho por el estudio, se dedicó a adelantarle lecciones para que se igualara con los compañeros. Los resultados fueron satisfactorios: para el final de año, era el más aventajado. El último día, al despedirse, como premio le obsequió los libros completos para el pensum siguiente.

Profesora vogulys

«Jamás volví a verla porque la trasladaron a otro centro escolar… De no haberme permitido entrar a su clase, sería cualquier cosa menos economista».

Su vida durante los próximos siete años continuó sin complicaciones. Lo duro vino cuando murió su abuela. Estudiaba segundo de bachillerato en uno de los primeros colegios nocturnos que tuvo la ciudad. Como sabía que el dinero de la finca y las fuerzas de la anciana se estaban agotando, buscó trabajo como mensajero en una droguería.

El día del entierro se sintió más solo que nunca.

Solamente la dueña de la casa lo acompañó al cementerio y para que pudiera comprar el ataúd le regaló un mes de arriendo.

De ahí en adelante, con su sueldo que apenas llegaba al mínimo, escasamente cubría el arriendo de la pieza, los buses y una comida al día. Las pensiones debían esperar, y varias veces debió rogarle al rector para que no lo devolviera por el atraso.

La crisis total vino cuando estando en clase se desmayó y de urgencia fue llevado por la profesora Elvira, la administradora del colegio, hasta un centro de salud donde un practicante de medicina le diagnosticó principios de anemia. Una vez recuperado, a pesar de su oposición, ella lo llevó hasta la casucha donde vivía.

En el trayecto mientras volvía a recorrer las deterioradas calles, escuchó con atención la historia de Álvaro… «Ser alguien en la vida y tener un título profesional, es lo que me obsesiona…’>, dijo mientras el auto daba los últimos giros para detenerse frente a la vieja puerta que aún conservaba vestigios del verde pasto con que fue pintada, siete años atrás.

La historia de Elvira en algo se parecía: su padre era llanero y en su momento, al lado de Guadalupe Salcedo, le hizo resistencia al Gobierno. Una vez pacificada la zona por la dictadura de Rojas Pinilla, reinició el trabajo en su finca y en poco tiempo, a partir de un exiguo capital, construyó un próspero futuro para su única hija.

Como todo campesino de orgullo artesanal y arraigado, hizo que Elvira estudiara interna en un colegio de enseñanza normal. Y no sólo por la situación de violencia que vivió, sino porque realmente nunca le interesó, perdió todo contacto con el campo y sólo se preocupó por su trabajo como maestra, el cual inició en una escuela rural de San Martín.

Allí, precisamente, conoció a su primer marido, quien luego de tres años de matrimonio, al descubrir que era estéril, la abandonó. Consciente de que en todo pueblo pequeño siempre hay un infierno grande, para huir de las habladurías de los padres de los alumnos, se hizo trasladar a Bogotá y repartió su tiempo entre el trabajo y la universidad, donde entró a estudiar administración educativa.

Al morir sus papás, incapaz de manejar un hato de la magnitud del heredado, decidió venderlo e invertir el dinero en propiedades urbanas. Con esto, más su sueldo, vivía cómodamente.

El día que dejó a Álvaro frente a la casa donde tenía en arriendo la pieza que compartió con la abuela, recordó todo plenamente y se convirtió en su protectora: al terminar el año, sin que él se lo pidiera, lo matriculó en un colegio de media jornada y mejor categoría. Para el resto del día le consiguió un puesto en la floristería de una amiga.

Meses después, preocupada del riesgo que corría en una zona habitada por putas y ladrones, decidió traerlo a vivir a su casa en el barrio Modelia.

Convertirse en amantes fue lo de menos, pues tenían un lugar común y acogedor, donde cada día aprendieron a romper los espacios de sus propios silencios.

Como era una mujer de principios, incapaz de despertar sospechas magras, para acabar con las murmuraciones que empezaban a hacer romería en cada cuadra resolvieron casarse en la iglesia del barrio ante los ojos de todos. Ella tenía cuarenta y dos años y el veintiuno.

La relación fue tan sólida, que la imagen de pareja disímil se diluyó, y llegaron, incluso, a ser ejemplo para otros matrimonios. Cuando él se recibió de economista, resueltos a ser dueños de sus propias cosas, vendieron lo que tenían y montaron una empresa de productos de aseo que rápidamente progreso.

Con los años se fue marcando la pauta y la decisión final, ya que mientras Elvira sentía el peso de la edad, él se mostraba como un hombre pleno con un círculo de amigos cada vez más selecto;

y ella, impulsada por la fuerza de la ecuanimidad, empezó a desarrollar no sólo una especie de culpa, sino una defensa, pues a pesar de que él no le había sido infiel -de eso estaba segura-, no confiaba en el futuro y resolvió plantear la solución definitiva.

-Es hora de que busques una esposa y formes un hogar… tengo sesenta y dos años y ningún derecho de absorber tu vida como una planta acuática.

Discutieron la decisión muchas horas. Casi hasta la madrugada, y a la mañana siguiente, muy temprano, para que ninguno tuviera oportunidad de arrepentirse, me llamó para pedir la cita.

Accedí a buscarles una esposa y gracias a Dios encontré a Amanda, una abogada de treinta y tres años, divorciada y sin hijos, que era la única condición de Elvira. Se casaron y ella prácticamente se convirtió en la abuela de dos niños que nacieron.

Desde ese primer día en la finca, sentí una inmensa admiración por Elvira, que siguió siendo mi amiga hasta su muerte. La última vez que la vi, fue durante una visita que me hizo a la oficina. Ese día me reveló que había decidido casar a su esposo por intermedio de una agencia,

porque en medio de su resolución, le hubiera sido imposible soportar una aventura de él con una mujer de la que no estuviera segura que iba a ser su nueva esposa y la madre de sus hijos. Antes de despedirse, como respondiendo la pregunta que nunca hice, dijo:

-«El no lo sabe, pero yo era la profesora del mechón blanco».

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LA CARTA DE MI VIDA

 Al entrar en mi oficina los dos hombres parecían dos policías de película buscando al fugitivo que allí se ocultaba. Sin mucho preámbulo, pasando por un lado de la secretaria, vinieron a sentarse frente a mi escritorio.

-Usted debe tener una explicación sobre está – me dijo en tono autoritario, el más gordo de los dos. Por su actitud, entendí que estaba acostumbrado a dar órdenes y recibir respuestas.

El otro era siquiera veinte años más joven y quizá menos intransigente, pero igualmente consciente de las actitudes que debía tener en la vida.

Como la carta que me arrojó sobre la mesa no tenía encabezamiento, tuve que pasar las cuatro o cinco hojas que la conformaban y leer el nombre de la firmante:

Magdalena Romero. No me tomó por sorpresa. Era la misma mujer de cincuenta y dos años, que tres días antes, se había casado y ahora estaba de luna de miel por el Caribe. Sin deparar mucho en la actitud bravucona de mis visitantes, volví a la primera línea y empecé a leer.

Agosto 23 -1979.

Queridos hermanos:

«Tomar la decisión de dejarlos fue mucho más fácil que la de sentarme a escribirles esta carta. Quería, tal vez por primera vez en la vida, no darles una respuesta, sobre todo a ti Pablo. Dudé mucho si debía hacerlo o no, sin embargo, 31 dártela, nuevamente has vuelto a ganar, pero eso sí, estés seguro, será por última vez.

Jamás pensaron, creo que ni siquiera se les cruzó por la mente -porque me consideraban debidamente domesticada-, que me atreviera a irme, sobre todo de la manera como ¡o hice. Y una cosa quiero que quede clara:

no tengo, ni voy a tener ningún arrepentimiento. El mejor equipaje que llevo es la satisfacción de haber cumplido con todos hasta más allá del límite que traza el deber. Y mi mayor remordimiento, el haber permitido que durante tantos años se me negaran mis derechos. La culpable no es otra que yo misma por no entender, a tiempo, donde terminaban los de ustedes y donde empezaban los míos.

carta antigua

Esa frontera

Aunque tarde, y es irónico decirlo, ¡a trazó la muerte. La muerte que después del dolor y de las lágrimas me revitalizó, porque con ella se fueron las condiciones que me obligaron a aceptar que hasta hoy viviera como lo he hecho.

Desde muy joven, en ¡a medida en que veía cómo el reumatismo se apoderaba de mi madre, entendí que mi deber de hija única estaba en someterme a las circunstancias y cuidar de ella hasta el último día. A esto se le anexó el volverme una especie de concubina de ustedes y además de atenderlos, ir por la casa preocupándome porque tuvieran todo al día. Así como poniendo sus cosas en orden ya que por ser hombres y por su mentalidad vertical no se obligaban a nada.

No entiendo por qué todas y en especial las de mi época, creemos que nuestro deber prioritario para subsistir como mujeres es el hogar y el bienestar de los hombres que vivan con nosotras, llámense papás, hermanos, maridos, amantes, etc. Seguramente es por esa condición perenne que nuestro medio les ha dado.

Sea como sea, esto nos ha llevado a no preo­cuparnos por nosotras mismas y si lo hacemos, lo dejamos para lo último. Antes están los maridos y, si es el caso, los hijos.

En los años treinta, las mujeres no podíamos heredar otra cosa distinta a esta indigna condición. Ir al colegio y estudiar era aprender a ser coquetas y escribirles cartas a los novios, repetía mi padre con frecuencia. A estas alturas yo leía en voz alta.

De él ustedes heredaron: la entereza, el carácter supuestamente incólume, el sentido por el hogar y los hijos. Pero eso sí, la advertencia de no descuidar las posibilidades que se les cruzaran en la calle, porque según les dijeron, una cosa es la familia como complemento del macho, y otra, la absurda suma de las siete mujeres y media que dizque le corresponden a cada uno.

Tu educación Pablo, amenazaba ser férrea -y creo que no hubiera llegado a tanto-, pero no te creías capaz de soportarla, y antes que caer en lo que llamabas el «desguazadero» de la disciplina del hogar, preferiste huir de la casa, para ofrecerte como voluntario en el ejército. Lamentablemente, tu destino era ser como eres, y lo que no hizo papá, lo hicieron ellos con la milicia a la perfección.

Cuando te retiraste, lo hiciste contra tu voluntad.

No tenías alternativa, papá había muerto y Mario, nuestro hermano mayor, también. Alfredo era muy joven, casi un niño, y no había quien se hiciera cargo de los graneros, del expendio de cerveza y, sobre todo, del timón de la casa. Dos mujeres, la una casi paralítica, y la otra, simplemente una hermana, no eran capaces de sobrevivir y mucho menos de velar por el patrimonio familiar.

Dejaste el uniforme y regresaste por eso, y porque al fin tenías una herencia, que es algo más que un uniforme para alardear. En este caso, los soldados para las órdenes ya no eran los de tu batallón, sino los de tu familia; o mejor yo, porque a Alfredo le brindaste una especie de preferencia para educarlo a la imagen de lo que recibiste.

Obviamente tu condición de hombre no te permitía regresar solo y lo hiciste con Natalia en brazos y con su mamá, con quien ni siquiera te habías tomado el trabajo de casarte, porque no tenías tiempo para esas lides, especialmente con una mujer como ella. Todo no fue más que una trampa del destino. Una aventura de la que saliste mal librado y para salvar el honor de tu uniforme, te hiciste cargo de las dos.

Una vez la devolviste con su familia -ya no tenías un uniforme que proteger-, dejaste la niña a mi cuidado, la quise tanto como a una hija. Sobre ella volqué mis sentimientos y amortigüé tus serenas pero enérgicas órdenes. Con ella aprendí a vivir mi soledad, porque si la memoria te ayuda un poco, podrás recordar que nunca tuve una oportunidad como mujer para hacer la vida a mi manera. Jamás tuve un amigo y mucho menos un pretendiente. Ustedes dos vivían pendientes de mí,

solamente porque entendían que si me casaba o me comprometía, perdían algo que les pertenecía y que les ha hecho falta sobre todo a los que alardean: quien los mime como si fueran niños, porque finalmente los hombres y, hablo de todos, nunca terminan de crecer.

A los pocos años, cuando tuvo su propio mundo, Natalia se les unió porque también se hizo a la idea de que yo estaba para su servicio.

Muy pocas veces se acordaron que yo vivía en esta casa y no tengo el primer regalo de agradecimiento. Para poderme comprar un vestido, debía hacerlo con el dinero que le sustraía a los gastos del diario.

Cuanto te casaste por segunda vez, pensé que llevarías a Natalia contigo, pero tu nueva mujer no la aceptó. Ernesto, por su parte, para continuar con su vida de soltero, sin tener que preocuparse por lo básico, siguió viviendo con nosotras.

Para pagar las pensiones del colegio, debíamos llamarte tres y cuatro veces. En algunas ocasiones, como te hacías el sordo, me permití advertirte que podías descontarme esa mensualidad de la herencia que me correspondía y que supuestamente administrabas.

En medio de esta cotidianidad, impuesta con camisa de fuerza, me dormí y se me fue la vida. Lo malo es que cuando desperté, mi sobrina era una mujer crecida y voluntariosa. Cada vez más renuente a mi autoridad. No la reconocía, porque a pesar de que la crié como a una hija, no pasaba de ser su tía. La tía caduca, como muchas veces me llamó. Hoy tiene mucha vida y la hace a su manera. Yo a cambio, cincuenta y dos años y a nadie que vele por mí en las próximas brumas de la edad. En otras palabras, no hice mi propio sol, porque me quedé contemplando el verano de ustedes.

Con la primera carta que recibí de Paolo, descubrí que a pesar de mi edad y del invierno que he tenido, empezar una nueva vida es posible. Es un europeo con una mentalidad distinta a la de los dos, sumados a la enésima vez. Solamente cinco años mayor de mí y muy alto no solamente de cuerpo sino en espíritu.

Al tiempo que escribo esta carta, siento gran risa de la forma como tuve que ir sacando las cosas que quise llevar conmigo. Lo hice poco a poco, a escondidas o con disculpas: que ropa a la lavandería, que a arreglarla. Y algunos muebles que a la tapicería. Las fotos de ustedes y la de papá y mamá también se van conmigo. Realmente no es mucho lo que necesito. A parte de esto, mi recetario de cocina.

A Natalia, para sus gastos de la universidad y otros, le dejo el dinero necesario, que debe ser sacado de lo que me corresponde de mi patrimonio. Lo que sobre, por favor, cuídenlo bien, porque tarde o temprano regresaré por él».

carta vogulys

Una vez terminé, doblé la carta despacio y los mire fijamente -ella se casó por lo católico con un italiano que en este momento está radicado en Canadá -les dije, acentuando mis palabras y sintiéndome totalmente respaldada por lo que acababa de leer-. Si desean, pueden ir la iglesia del barrio Olaya y pedir la partida de matrimonio.

-Mire señora… nosotros nunca nos hubiéramos opuesto a que se casara… A que hiciera su vida -dijo Alfredo en un tono que resultaba innecesariamente, conciliador.

-No sé qué decirles… ella llegó aquí y me pidió tener conexión con un señor en el extranjero.

-¿¡Dónde está en este momento? -preguntó Pablo con temperatura de hielo en sus palabras.

-De Luna de Miel en el Caribe, apenas se casó hace…

-¡No! no! Quiero decir, ¿en qué parte de Canadá se va a radicar?

-Eso es algo que me pidió no decirles.

¡Tiene usted, una bien montada trata de blancas!

-agregó con tono agresivo.

¡Me esta ofendiendo! ¡Mi trabajo es tan respetable y pulcro como cualquier otro!

-Se lo voy a probar -me dijo apuntándome con su índice amenazante-, ¡tengo cómo hacerlo! Soy amigo de….

-Vamos Pablo -le dijo Ernesto consternado-, deja tu manía de hacer amenazas. ¡No seas ridículo!

-¡Ridículo! ¡Ridículo yo! ¿Qué te pasa? -Le descargó una palmada en el hombro.

– ¡Por favor, si van a pelear, que sea en la calle! -les insinué poniéndome de pie.

Para entonces mi secretaria ya había entrado afanada en la oficina.

-¡Señorita, no es nada!… ya nos vamos -dijo Ernesto también poniéndose de pie.

Tras él salió Pablo dando un portazo.

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UNA CRUZ PARA ARMERO

El 15 de noviembre de 1985, en las primeras horas de la mañana, los periódicos y las emisoras con extras y grandes titulares anunciaron la tragedia de Armero. Yamit Amat en Caracol, abrió la emisión del noticiero con las palabras de quien primero anunció el desastre a través de su aparato de radioaficionado: «Se está metiendo el barro a mi casa» fue lo único que pudo decir el «Culebreríto de Armero», a su colega Atilano, quien a las diez de la noche, minutos antes de la hecatombe, lo copió en Ibagué.

Mientras seguían las noticias, con inmensa preocupación pensé en Lucía que desde tres semanas atrás había entrado a trabajar en el hospital de la ciudad que amanecía sepultada bajo la furia del volcán.

Durante ese día y los siguientes, estuve atenta a las interminables listas de desaparecidos que publicaban los periódicos. Cuando pensé que todo había terminado con suerte porque su nombre no figuraba en ninguna, tuve la firme esperanza de volver a verla. Sin embargo, setenta y dos horas más tarde, el periódico EL TIEMPO me trajo la noticia.

La conocí en mi oficina seis meses antes y tres horas después de que sus amigas María Isabel y Claudia Luz cansadas de esperarla se marcharan. Llegó tarde, porque durante ese tiempo estuvo convenciendo a su hermana Carmen para que la acompañara a Bogotá a inscribirse.

Carmen se resistía a hacerlo, Consideraba que utilizar una agencia para buscar marido no era lo más ortodoxo. Finalmente, y más por solidaridad de hermana que por otra razón, accedió a venir sin imaginar jamás que en el libreto del destino terminaría interpretando el papel de Lucía.

Claudia Luz y María Isabel eran hermanas y excompañeras de Lucía en el colegio. Desde que se conocieron en primer grado se volvieron inseparables y las tres hacían planes para todo, hasta para el matrimonio, Con frecuencia los sábados en la tarde se reunían en casa de alguna y leían el horóscopo del amor, o los tests que sobre el tema traían las revistas que acumulaban en la semana. Para rematar la jornada iban a una pizzería a caminar o a cine.

El amor platónico de Claudia Luz, en su juventud, fue Nick Nolte. Le gustó locamente luego de verlo actuar en Abismo al lado de Jackelin Bisset. El de María Isabel no precisamente un actor sino un príncipe: Andrés, el segundo en la línea del Trono de Inglaterra, o simplemente el hijo de «Chava», como ella la llamaba en broma. El de Lucía, Giulliano Gemma, un actor a quien siendo muy niña vio de protagonista en Los Hijos Del Trueno, en un filme que se exhibió en el teatro del colegio. Desde entonces, la figura del rubio de ojos azules y mirada penetrante se le grabó definitivamente.

Su condición de estudiantes no les permitía que el fervor por sus ídolos fuera más allá de unos afiches y algunas fotos que pegaban en las paredes de sus cuartos.

Sin embargo como los sueños no siempre sueños deben ser, muy en el fondo, aspiraban a tener maridos que así fuera en lo más mínimo se les aproximaran;

lo menos les ofrecieran alternativas distintas a las de los galanes de provincia que producían los valles del Tolima. Por eso intentar encontrarlos a través de una agencia matrimonial, no les resultaba descabellado.

Al recibirse de bachilleres se distanciaron, pero no por eso dejaron de comunicarse. Claudia Luz se vino a estudiar administración de negocios en Bogotá y Lucía, trabajo social en una universidad de Ibagué; al tiempo que María Isabel más pragmática y menos nómada, con ayuda de su padre, se volvió comerciante y montó un almacén en el mismo Armero.

En Ibagué, Claudia Luz fácilmente se vinculó a gerenciar una empresa de finca raíz, mientras que Lucía anduvo de un lado para otro buscando donde ejercer su carrera.

Finalmente, al no tener ningún resultado, su padre la invitó a que trabajara con él en la distribuidora de arroz y sorgo que tenía en el Espinal, hasta dos semanas antes, cuando ingresó en el mismo hospital. Desde allí, por teléfono, se puso con sus amigas la cita que no alcanzó a cumplirles.

Una vez terminó de llenar el formulario y de pegar la foto, le rogó a Carmen que no le contara a sus papás que se había inscrito en la agencia y, mucho menos, que por ese medio aspiraba a vivir fuera del país.

Eran las únicas hijas y sus padres veían por los ojos de cada una. Carmen la miró fijamente, con una sonrisa de poca convicción. Para entonces, en pocos minutos, yo había advertido que era una mujer de carácter firme.

Durante varios días, con el propósito de que iniciara comunicación con algunos de los posibles candidatos, empecé a mandarle correspondencia, fotos y direcciones a la casa de una amiga que vivía a pocas cuadras de la distribuidora de sorgo y arroz. De todos, congenió con Joseph, un noruego que trabajaba como supervisor en un puerto cerca de Oslo. Se escribían cada semana.

Con sus amigas no tuve la misma suerte.

Ningún candidato les gustó y escribieron pocas cartas. Sin embargo, las dos, por su cuenta y riesgo, iniciaron su viaje.

La oportunidad de María Isabel entró directamente en el local de su negocio, un viernes por la tarde a la misma hora en que el sol reverberaba sobre los árboles y los bancos del parquecito del frente.

Según las personas que en ese momento la acompañaban, el alemán llegó saludando en un español que le salía a escupitajos. Colocó el maletín lleno de pócimas sobre el mostrador, extrajo un frasco y sin mediar más que las palabras del saludo, porque prácticamente la hipnotizó, le dio a beber un líquido espeso de color verde.

Eso más lo que le dijo en secreto bastó para que ella empezara a hablar alemán perfectamente y a mirarlo con ojos de fuego.

Lo que ocurrió posteriormente, todo Armero lo supo: a los pocos días de venderle el almacén a un testaferro que el mismo alemán tenía -según dijeron-, le entregó su dinero y sus ahorros y se marchó con él.

Ahora vive en Berlín, donde además de ser su amante, es el conejillo que prueba todos los productos que él fabrica. Si muere, es señal de que alguna fórmula quedó al revés.

«Son habladurías, Beatriz -me aclaró Lucía, en alguna de las conversaciones que tuvimos-. Nos hemos hablado y está de lo más bien. Toda esa historia no es más que chismes de pueblo y Armero, digan lo que digan, no es más que un pueblo, grande, ¡pero pueblo al fin y al cabo!

La verdad es que congenió con el alemán porque ella vendía productos naturales y además era muy buena en química. En el colegio, meterse al laboratorio a mezclar fórmulas le resultaba un juego.

Algo innato. El mismo profesor se asombraba. Por eso al probar el líquido del alemán, con su garganta de microscopio, le adivinó los ingredientes que lo componían, y él, asombrado, le propuso que se fuera a trabajar a su empresa. Allá está como auxiliar de laboratorio. Tampoco es cierto que sean amantes, Klein es casado, ama a su esposa y tiene dos hijos. Está enamorada pero de uno de los supervisores de la fábrica»

Claudia Luz encontró su punto de partida para Europa en Cartagena, a donde llegó a principios de enero junto con su madre para pasar una semana de vacaciones. El segundo día, en el bar del hotel donde se hospedaban, se encontró con Giovanni un fotógrafo italiano que enviado por una revista, estaba trabajando en la Heroica.

Durante el tiempo que pasaron juntos, el único inconveniente que tuvieron fue su mamá, pero hicieron un pacto de caballeros: los tres estarían durante el día y hasta la hora de la cena, el resto la noche, sin atenuantes de ninguna clase, sería para ellos.

Al despedirse, en el avión de regreso y durante los siguientes días, Claudia Luz pensó que todo no era más que una aventura romántica y bonita, sin embargo las cartas y las llamadas la volvieron a la realidad.

Como le envió el pasaje para que viajara a pasar vacaciones con él y su familia en Milano, pidió una licencia en el trabajo y se fue a conocer el invierno europeo y La nieve.

Pero regresó un mes después desilusionada por una razón que no pudo explicar con palabras precisas.

Giovanni no dio su brazo a torcer y envió una carta anunciando su visita para el mes siguiente. Venía dispuesto a pedirle que se casaran, pero no se atrevió, porque un No de amor duele tanto como una puñalada y prefirió regresar, y en el avión escribirle una nueva carta para meterla en el primer buzón que se le cruzara en alguno de los aeropuertos de escala.

«A eso exactamente fui, y no tuve valor de pedírtelo, porque como Cervantes dice: «Podrá haber amor sin celos, pero no sin temores», por eso prefiero hacerlo de esta forma y esperar tu rechazo lejos, para no palidecer frente a ti», le decía en las últimas líneas que atravesaban el margen del costado derecho del papel. Claudia Luz solamente se tomó unos días para arreglar sus asuntos personales y viajó.

Después del matrimonio se dedicaron a trabajar en joyería. Finalmente, en una de las visitas que le hicieron a su familia, resolvieron comprar un apartamento sobre la avenida Pepe Sierra, a donde se vinieron a vivir hace unos años.

Antes de leer el periódico que registraba su muerte lo último que supe de Lucía era que Joseph le insistía para que viajara a visitarlo.

-La decisión es suya -le dije cuando me consultó-,

Sus intenciones pimponeaban entre la ilusión y el temor: no le iban a dar licencia en el hospital porque llevaba muy poco tiempo. Debía renunciar y era posible que las cosas no resultaran.

-De todas formas lo voy a pensar y te llamo -fueron sus últimas palabras.

La foto del periódico era la misma que me dejó en el formulario que llenó, de tamaño tres por tres. Estaba peinada de medio lado y sonriente.

A cinco días de ocurrida la tragedia la rescataron. Según el dictamen, durante casi tres días, herida, estuvo bajo los escombros del hospital, y aunque tuvo fuerzas para pedir auxilio, no fue posible que la escucharan.

—Llevábamos varios días buscándola y estamos tranquilos de haberla encontrado así sea muerta, pues la incertidumbre es lo peor en estos casos. Mis padres están deshechos pero he logrado sobrellevar las cosas- me dijo      ¡ Carmen.

Al colgar el teléfono creí que las emociones del día habían terminado, pero estaba equivocada. Era muy temprano y a las once de la mañana me llegó una llamada desde el aeropuerto de Caracas.

-Señora, soy Joseph, pensando en esta tragedia, me vine de Noruega para buscar a Lucía y aprovechando que el avión hizo una escala, la llamo para que me adelante algo sobre su suerte. La última vez me dijo que estaba trabajando en el hospital que desapareció bajo el volcán.

-Todo está bien Joseph -le dije tartamudeando-, no he podido hablar con su familia, pero todo está bien. Colgué, me comuniqué nuevamente con Carmen y le expliqué lo que pasaba.

-Beatriz apenas la enterramos esta mañana y no puede hacer nada! ¡Sencillamente dígale que murió! ¡Y ya!

-Viene desde Noruega… Era el novio de tu hermana y no podemos recibirlo con un ¡murió y ya!

– ¡Pero si apenas se escribían!

-E! hecho es que tenían planes y..

– ¿Y qué?

Y honestamente creo que eres la persona in­dicada para atenderlo… Al menos que hable con ustedes.

– ¡Vaya!, además de mis padres ahora debo consolar a uno que ni conozco.

Sus palabras me hicieron dudar, y a pesar de que desde el primer día intuí en ella un temperamento recio, para estar segura le pregunté:

-¿Cómo te sientes?

-Hizo silencio y esperé una ripostada, pero con una voz calmada dijo-: ¿me lo preguntas porque me oyes tranquila verdad?… Mira.., lo de mi hermana me dolió, pero estuve entre el barro día y noche buscándola, y en ese tiempo entendí que era la naturaleza contra el hombre y que ante su fuerza, lo único que no se debe perder es la dignidad. Ya la lloré lo suficiente… Durante casi una semana, hasta que la encontré.

Por ahora lo único que quiero para resarcirme de todo esto que está pasando, es regresar y continuar con mi cuadrilla de ayuda, buscando más víctimas.

Hizo un silencio largo y agregó en voz baja y seca… ¡Así que empaque al noruego en un carro y mándemelo!

Joseph llegó esa misma tarde e inmediatamente tomó un taxi expreso al Espinal. Como en los siguientes días no volví a saber nada de él, llamé nuevamente y me informaron que estaba con Carmen en Armero. Después me enteré que además de supervisor de puerto, era experto en búsqueda y rescate de náufragos y miembro de los cuerpos de socorro de la Cruz Roja internacional.

Armero

Ante esta condición, una vez supo la verdad, se unió al grupo de búsqueda de Carmen. A pesar de que no estaba en el mar, sus conocimientos y experiencia resultaron importantes. El mayor logro lo alcanzaron al rescatar un niño que, durante cuatro días, estuvo suspendido entre las ramas de un árbol sobre el mar de lodo. La noche de la tragedia el barro arrastró al pequeño hasta que milagrosamente las ramas lo enredaron salvando su vida, pero dejándolo prisionero en mitad del tétrico paisaje.

Encontrarlo resultó un golpe de suerte: a unos hermanos que fueron a buscar familiares perdidos se les ocurrió, desde un cerro, atisbar la distancia con unos prismáticos y descubrieron la pequeña figura acunada en el árbol. En mitad del trayecto al campamento de la Defensa Civil, hasta donde fueron a buscar ayuda, se encontraron con el grupo del noruego y entre todos se dieron a la difícil tarea de traerlo a tierra firme.

Carmen y Joseph, atados con cuerdas, caminando sobre tablas y tendiendo lazos de árbol a árbol, llegaron hasta él, después de casi cuatro horas de esfuerzo. Al tenerlo entre sus brazos y comprobar que a pesar de su crítico estado aún respiraba les produjo una sensación indescriptible. Era una vida más, en medio de aquel infierno de desgracia y muerte. Se abrazaron, le prestaron los primeros auxilios y con la misma lentitud regresaron a tierra firme.

A partir de entonces, lograr la recuperación de Adán, como lo bautizaron en el hospital improvisado de Lérida, porque no tenía nombre; se convirtió para los dos en una necesidad de primer orden. Por más de tres días, sin retirarse para nada y sin dormir, estuvieron pendientes de la evolución de la deshidratación y la disentería que le produjeron los frutos del árbol que consumió para calmar el hambre. Cuando lo vieron fuera de peligro, buscaron una de las muchas carpas para descansar.

Mientras el sueño los dominaba, porque el exceso de cansancio se les empotró en el cuerpo y no dejaba desentumecer los músculos, Carmen empezó a hablarle de Lucía. De su físico, de sus aspiraciones, de su docilidad. A pesar de la pena, para Joseph escuchar referencias de la mujer que llegó a amar sin haberla visto jamás de cuerpo presente, era música en sus oídos.

No se atrevió a preguntar nada. No valía la pena. ¿Para qué? Lucía ya estaba en cualquier parte menos allí donde la pudiera alcanzar. Después de muchas horas, al despertar, se encontraron abrazados.

En la medida que el niño se recuperaba, el afecto que sentían por él y otros logros con su grupo, los fue uniendo con una fuerza total. Cuando comprobaron que sus padres habían muerto, manifestaron su intención de adoptarlo, pero él era un extranjero soltero y ella colombiana y soltera también.

Pensaron muchas fórmulas, inclusive la de decirle a los padres de Carmen que lo hicieran, pero esta idea la descartaron de piano, porque Adán ya era algo especial en sus vidas.

-. . .Quieres casarte conmigo -le dijo Joseph después de girar varias veces inquieto, mientras hacían fila para recibir su ración de comida y agua potable. Carmen guardo silencio y sonrió.

—¡Ahora somos tres: tú, él y yo -volvió a decir con toda su fuerza de convicción- ¡Lucía, él y el destino nos han unido!

Cuando Carmen lo besó, los demás miembros de los cuerpos de rescate que los rodeaban, empezaron a aplaudir.

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